Origenes de Kaiura

No viajamos solo para conocer el mundo.
Viajamos para descubrir quiénes somos
cuando nadie nos está mirando.

No viajamos solo para conocer el mundo. Viajamos para descubrir quiénes somos, cuando nadie nos está mirando. 

Dicen que los grandes viajes empiezan en la mente, pero el mío empezó mucho antes: empezó en la educación.

Desde pequeña, mis padres me enseñaron que viajar no era coleccionar postales, sino coleccionar perspectivas.
Mientras la mayoría visitaba los lugares más turísticos y comía en restaurantes de la plaza principal, 

yo escuchaba un mensaje sutil, pero poderoso:
«Por ahí no es».

Especialmente mi madre me transmitió la importancia de conocer las culturas desde dentro, de valorar lo pequeño, lo diferente y de buscar la autenticidad.

Así, entre vuelos y caminos, fui construyendo una mirada empática y aprendí a amar lo distinto.

Con los años, ese espacio educativo se convirtió en un espacio de desarrollo personal.

Viajando me sentía libre.
Sin etiquetas.
Sin el miedo paralizante a ser juzgada.

Hubo una época en la que esa libertad no fue solo un placer, sino una necesidad.
Cuando la frustración profesional como farmacéutica me ahogaba, 

viajar era el único botón de OFF de mí misma.

Pero algo no funcionaba. Me di cuenta que viajaba para huir de mi realidad. Y que, incluso lejos de casa, seguía sin encontrar calma. 

Me dejé arrastrar por la velocidad y la intensidad que otros parecían imponer: visitar, tachar, seguir… sin parar a sentir. Creía que así aprovechaba al máximo, pero en realidad me estaba alejando de mi propio ritmo. 

Aprender a encontrar mi manera de viajar fue el primer gran desafío.

Decidí probar algo distinto.

Organicé solo lo básico.
Por primera vez llevé un cuaderno y un bolígrafo para escribir cómo me sentía.

Al volver a casa y leer esas notas, lo vi claro: la transformación no se quedaba en el viaje, me acompañaba en la vida.

Aprendí a viajar para descubrirme a mí misma.

El ritmo frenético de Occidente genera una carga mental que pide un reset. Y es en ese OFF cultural donde la mente y el espíritu encuentran claridad. No se trata solo de ver lugares, sino de vivir a su ritmo…
y darte permiso para disfrutar de la lentitud de la vida.

Y entonces conocí el buceo.

Ahí algo cambió para siempre.
Descubrí que la emoción y la adrenalina también pueden llegar desde la calma,
desde una respiración tranquila,
desde la presencia absoluta.

Desde entonces, mis viajes son espacios para bajar el ritmo,
conectar con el mar,
caminar descalza,
soltar lo que no importa
y disfrutar en equipo.

Hoy acompaño a personas que sienten que quieren algo más que tachar destinos de una lista.
Personas como tú y como yo, que intuimos que el viaje no es solo hacia fuera, sino también hacia dentro.

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